En Canarias, más del 90 % de los alimentos y casi el 80% de la energía que consumimos provienen del exterior.

Este modelo de dependencia nos expone a múltiples riesgos: crisis logísticas, encarecimiento de precios, vulnerabilidad climática y pérdida de capacidad de decisión sobre nuestros recursos más básicos. El apagón eléctrico que afectó ayer a gran parte del Estado pone en evidencia la fragilidad de las redes centralizadas y la urgencia de avanzar hacia la soberanía energética, con sistemas locales, resilientes y sostenibles.
Soberanía energética: ¿qué es y por qué la necesitamos?
La soberanía energética es la capacidad de un territorio para generar, gestionar y decidir sobre su propia energía, priorizando fuentes renovables, participación ciudadana y control democrático. En Canarias, con condiciones excepcionales de sol, viento y mar, esta soberanía no solo es posible, sino imprescindible. Seguimos dependiendo de derivados del petróleo importados, que contaminan, encarecen la factura energética y refuerzan un modelo extractivo y centralizado.
¿Cómo avanzar hacia ella?
- Descentralización energética: fomentar comunidades energéticas locales que generen, gestionen y consuman su propia energía (como cooperativas ciudadanas con placas solares en cubiertas o suelos no aprovechables para otros usos y ya alterados).
- Impulso público al autoconsumo: eliminando trabas administrativas y priorizando el acceso de hogares, pequeñas explotaciones y comunidades locales.
- Aprovechamiento del recurso natural local: solar, eólico, maremotriz o geotermia de baja entalpía.
- Expansión renovable sin consumo de territorio: el despliegue de renovables debe evitar un nuevo modelo extractivo. No puede hacerse a costa del territorio, hay que priorizar el uso de espacios ya degradados, infraestructuras en desuso o tejados, evitando ocupar suelos fértiles, ecosistemas frágiles o zonas de alto valor ecológico, cultural o paisajístico.
- Recuperación de redes locales de distribución: asegurando que el beneficio energético permanezca en el territorio y no sea acaparado por grandes empresas.
Una transición energética justa debe ser participativa, ecológica y socialmente equitativa. Avanzar hacia una soberanía energética real implica no solo cambiar de fuente, sino de modelo.
Dependencia alimentaria
En el plano alimentario, el modelo actual no es menos frágil. Importamos casi todo lo que comemos, mientras el sector primario local se encuentra en declive por falta de apoyos, competencia desleal y ausencia de relevo generacional. Esta dependencia conlleva:
- Mayor huella de carbono por el transporte intercontinental.
- Pérdida de biodiversidad agrícola y cultivos tradicionales.
- Vulnerabilidad ante crisis externas (inflación, pandemias, guerras, bloqueos).
- Abandono del medio rural y pérdida de soberanía territorial.
Energía, territorio y alimentación
La soberanía energética y alimentaria son dos caras de la misma moneda: ambas nos permiten recuperar el control sobre nuestros recursos, dignificar el trabajo vinculado al territorio y reforzar la resiliencia de nuestras comunidades ante crisis climáticas, económicas o sociales.
Desde la Fundación Canarina trabajamos por un modelo local, justo y sostenible que priorice:
- Producción agroecológica y local.
- Energía renovable distribuida y respetuosa con el territorio.
- Redes comunitarias entre productores y consumidores.
- Formación y participación activa de la ciudadanía.
No se trata solamente de producir aquí lo que ahora importamos, sino de repensar colectivamente cómo queremos vivir: con justicia social, sostenibilidad y soberanía sobre nuestros propios medios de vida.










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